
Reinaban las leyes del universo, y el hombre, sin entenderlas, se avenía a ellas.
El sosiego, el silencio y las equivalencias destacaban.
Entonces el hombre quiso...
Apareció la palabra.
Irrumpió el arado, las medidas, la espada.
El hombre se hizo poderoso, pero ya no podía convivir con la naturaleza sin torcerla.
La consonancia se interrumpió.
La palabra copuló con el silencio, la desazón con el sosiego, lo dispar con la probidad.
Hoy, el hombre reemprende la búsqueda de lo perdido allá lejos:
El silencio, las señales, la alegoría, el sino.
No hubo nunca otra cosa que balbuceos... representando el germen.
(Seamos mejores) Juan Disante
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